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Francisco de Paula, director de ‘Lazarillo’: "Mientras haya injusticias, obras como esta son una llamada de atención”

Francisco de Paula dirige, junto con Julie Vachon, la compañía Claroscuro. Ambos acaban de saborear el éxito en uno de los lugares más simbólicos del teatro nacional, La Zarzuela, con la obra ‘Perdida en el Bosco’. Ahora, llegan a las XXXV Jornadas de Teatro del Siglo de Oro para representar, a su manera, un clásico como la vida de Lazarillo de Tormes, el niño que creció en un mundo de desigualdades, abusos y egoísmo y al que humaniza en el escenario un títere sobre el que gira toda la obra. Se trata de uno de los platos fuertes de estas Jornadas que llega con el patrocinio de Fundación Unicaja.

Las XXXV Jornadas de Teatro del Siglo de Oro, organizadas por el Ayuntamiento de Almería, el Ayuntamiento de Roquetas de Mar, la Diputación Provincial, la Universidad de Almería y la Asociación Cultural Jornadas de Teatro del Siglo de Oro Almería, con el patrocinio de la Fundación Unicaja e INAEM, sigue adelante con su programación con la obra ‘Lazarillo’, que tendrá lugar en el Auditorio Maestro Padilla el viernes 27 con una doble sesión, a las 12 y a las 21 horas. Francisco de Paula, fundador junto a Julie Vachon de la compañía Claroscuro, muestra sus impresiones de la obra.

¿Cómo describiría ‘Lazarillo’?

Es una obra de títeres, máscaras y música en vivo hecha a modo de denuncia social. En la compañía hemos mantenido el contexto en el Siglo de Oro, con su estética, aunque realizamos algunos pequeños guiños a la actualidad en los que recordamos al espectador que estas injusticias siguen produciéndose.

Se trata de una obra con una complejidad inmensa. ¿Qué desafíos ha supuesto?

Ha sido un reto en toda su confección. Para empezar, por el tema del vestuario, de recrear la época o de interpretar música coetánea a la obra, pero también por otros motivos. Es difícil representar una novela epistolar en un escenario. Para ello, usamos el metateatro, es decir, el teatro dentro del propio teatro. Decantarnos por la forma de contarlo fue un problema. Debíamos elegir cómo recrear la historia. Se puede narrar desde el punto de vista del niño ya hecho adulto y hablando de su infancia, con lo cual podíamos aprovechar el humor negro que está de hecho en la novela. Sin embargo, nos dimos cuenta de que la historia era muy cruel al representar en teatro los hechos que narra, y entendimos que no cabía el humor en algo así. La música que hemos escogido para el directo fue otro duro proceso de selección. Buscamos que cada obra encajase con las emociones que queríamos representar en cada momento.

En este caso, además, Lazarillo es representado por un títere.

La cabeza, los pies y las manos del títere están hechas por el escultor e imaginero Antonio Espadas, recreando la estética de una escultura del siglo XVI. Entendemos que los títeres provocan una emoción que un actor no puede conseguir. Está estudiado. El títere está vivo porque el espectador le da la vida. Se olvida de quienes lo manipulan. Para un ser humano, además, es más fácil identificarse con un títere que con una persona. Esto hace que los espectáculos con títeres generen una corriente de empatía y emoción.

¿Y suponen, además, una dificultad añadida?

Todos nuestros espectáculos tienen títeres. Nos gusta. En este caso, hay muchos actores, pero el títere logra acaparar la atención, porque es muy poderoso. Sí que es difícil encajar un títere de ese tamaño porque está manipulado por tres personas a la vista. O sea, el público está viendo continuamente a los manipuladores –que son también los actores- y se tiene que hacer muy bien para que termine olvidando su presencia. Esto implica una gran dificultad y coordinación.

Es curioso que el títere, que representa a Lazarillo, sea el elemento más humanizado del escenario, ante la falta de escrúpulos de los demás personajes.

Es lo que pretendíamos. Al final, las personas que están alrededor de Lazarillo son despiadadas, y Lazarillo solo es un niño. Nos hemos quedado con la imagen de que es pícaro, y es cierto, pero no lo es más que cualquier niño que vive en la calle sin comida ni familia. En la época de la obra, muchos niños abandonados murieron en las calles de hambre o de frío. Entonces, para sobrevivir, tenían que tirar de picardía. Pero son los adultos a su alrededor los que los convertían en pícaros.

Es una obra con temas de actualidad como la lucha entre clases, la ambición humana o la supervivencia.

Es un clásico por algo. La razón por la que sobreviven las obras así es porque están dirigidas al hombre eterno, y éste tiene los mismos pecados ahora que hace miles de años. Avanzamos como civilización, pero el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. Mientras haya injusticias, obras como esta son llamadas de atención a un público que muchas veces olvida los problemas que le rodean. No es necesario hacer un mitin político para denunciar estas desigualdades. Basta con el propio mensaje de la obra para hacer que la gente reflexione en casa. Y esto se puede hacer sublimando el dolor en belleza. Una vez, tras una actuación, se me acercó un anciano con claros rasgos de haber trabajado en el campo toda su vida. Llorando, me cogió las manos sin parar de darme las gracias. Sus ojos delataban que él había sido un Lazarillo.

¿Qué importancia le otorga a que se celebren actividades como estas Jornadas de Teatro del Siglo de Oro?

Muchísima, porque es uno de los festivales de teatro clásico más importantes que hay en España, sobreviviendo a una etapa de crisis muy dura, y eso es complicado. Las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro no han agachado la cabeza, sino que se han adaptado a las nuevas circunstancias económicas y agradecemos que las instituciones públicas y privadas sigan apostando por el teatro, porque con la voluntad no es suficiente. Y ya a título personal, esta actuación tiene una importancia enorme, porque mi familia materna es de allí, y cuando empiezo a oler Almería se me caen las lágrimas. Las emociones que me genera esa tierra son muy fuertes. Mi infancia la asocio con esa provincia.